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jorge amado por basilio losada |
From: Eliseo Cardona (elicardona@earthlink.net)
Date: Ter 07 Ago 2001 - 14:47:36 GMT
Basilio foi seu tradutor em espanhol.
DESAPARECE EL GRAN CRONISTA DEL MESTIZAJE BRASILEÑO
El escritor Jorge Amado muere a los 88 años
El autor, un clásico de la literatura en portugués y eterno candidato al
Nobel, ha sido traducido a 40 idiomas
BASILIO LOSADA
El novelista brasileño Jorge Amado, nacido en Itabuna, Bahía, en agosto de
1912, falleció ayer en Salvador de Bahía a los 88 años por una crisis de
glucemia. Casado con la escritora Zélia Gattai, con la que tuvo dos hijos,
fue operado de corazón en el año 1997 y se le implantó un marcapasos. Eterno
candidato al premio Nobel de Literatura ("si lo recibiera no me haría la
menor ilusión", dijo en una ocasión) debutó con la novela Cacau, en 1933.
Entre sus obras, traducidas a más de 40 idiomas, destacan Los viejos
marinerosy Gabriela, clavo y canela, donde inventó un mundo y un lenguaje
muy particulares.
No creo que haya en ninguna literatura contemporánea un caso de
identificación tan profunda entre un autor y su mundo como el de Jorge Amado
y Bahía. Jorge Amado se definía a sí mismo como un "un bahiano romántico y
sensual". Para los habitantes de Bahía, un mundo de mestizajes complicados:
negros cuyos antepasados llegaron en los barcos de la trata, indígenas de
ascendencia precolombina, portugueses, gallegos, escandinavos, Jorge Amado
fue mucho más que un escritor, fue el hombre que les reveló su propio mundo.
Si el Brasil es un ámbito caracterizado por la miscigenación, esta mezcla
racial alcanza su paroxismo en Bahía. Todos en Bahía, los niños de la playa,
retratados por Jorge Amado en una novela prodigiosa, Los capitanes de la
arena, las prostitutas sentimentales, como Teresa Batista, los vagabundos
como Quincas, protagonista de uno de los mejores relatos breves de la
literatura universal, La muerte y la muerte de Quincas, todos conocían y
amaban al poeta. Un poeta que nunca escribió un poema pero sí un centenar de
novelas en las que el mundo de Bahía, y como fondo, el Brasil contemporáneo
quedaba reflejado en su falsa alegría, en su desesperanza y en su ternura.
En la ciudad alta de Bahía se alza su Fundación, donde se recogen los
originales de sus obras -muy pocos, porque el descuido de Jorge Amado, los
muchos años de exilio y de vagabundaje, las persecuciones políticas, no le
permitieron conservarlos todos- y junto a los originales las traducciones a
cientos de lenguas. No creo que haya en la literatura contemporánea un
escritor más traducido que Jorge Amado.
Nació en 1912 en Itabuna, en Bahía. Su padre era un hacendado del cacao que
pasó por diversas etapas de prosperidad y de ruina. El mundo de las
plantaciones aparece reflejado en una de sus primeras novelas titulada
Cacau, publicada en 1933. Fue casi su debut en la literatura. Militaba ya en
el partido comunista brasileño. La primera época de Jorge Amado que los
críticos sitúan entre 1930 y 1960, se enmarca dentro del realismo
socialista. Escribió entre estos años una biografía de Luis Carlos Prestes,
la gran figura del comunismo brasileño. La disciplina de partido le obligó a
crear series narrativas como Los subterráneos de la libertad, en 1952.
Pero más que estas novelas inspiradas en el realismo estaliniano, valen
otras, de la misma época en las que Jorge Amado observa la realidad del
país, manteniendo incólume su realismo crítico pero poblando las páginas de
sus narraciones con personajes arrancados del retablo prodigioso de Bahía.
Son novelas como Tierras del sinfín, Cosecha roja, en las que el tema, la
miseria del Noreste, las migraciones a los arrabales de las ciudades, la
explotación de los campesinos, le permiten entrar en lo profundo del alma
soñadora y desesperada, de los vencidos, los eternamente derrotados,
humillados y ofendidos.
Pasó Jorge Amado por el honor de que la dictadura quemara en las plazas de
Bahía sus libros. Él mismo tuvo que marchar al exilio, tras conocer la
cárcel y la persecución. Desde adolescente se había formado en la lectura de
la novela proletaria de la Rusia soviética y del realismo norteamericano,
sobre todo en Steinbeck. Le fue concedido el premio Stalin y, posiblemente
por haber ganado este premio, nunca le concedieron el Nobel, para el que
aparecía propuesto año tras año.
En sus memorias, publicadas bajo el título de Navegación de cabotaje, narra
su infancia, su toma de conciencia política, sus luchas en el Parlamento
brasileño y luego los muchos años de exilio. Nunca renunció al marxismo, por
más que la decepción y la amargura marcaron sus últimos años a partir de la
caída del estalinismo. Nunca fue Jorge Amado un doctrinario, y estoy seguro
de que jamás leyó a Marx ni a Zidanov ni a Lenin. Su marxismo venía de una
profunda raíz solidaria y del amor sin límites a las gentes de su Bahía, a
los humildes, a los que soportan la jauría maldita de los triunfadores.
A partir de 1958 el mensaje político se hace menos evidente. Sus novelas
cobran una dimensión más anecdótica. El punto de inflexión lo marca en 1958
la novela Gabriela, clavo y canela. Pueblan sus relatos, a partir de este
momento, vagabundos generosos, con la generosidad de quien nada puede
ofrecer, a no ser una sonrisa y una bella historia que contar; prostitutas
sentimentales, niños abandonados, truhanes enamoradizos. Es ya el mundo de
Jorge Amado, colorista, aparentemente alegre pero marcado por la
desesperanza. En el país del carnaval todo exceso de alegría encubre una
amargura oculta por pudor y por respeto a los demás. Sus novelas son ya
testimonios líricos, sentimentales, historias de amores y de locura, de
noches en las que el misterio profundo de la ciudad cobra una extraña
dimensión poblada de nostalgias fantasmales.
Esta fue la gran época de Jorge Amado. Obras maestras como Los viejos
marineros, que acaba de publicarse en español con el título de Capitán de
altura, Doña Flor y sus dos maridos, Los pastores de la noche y tantas otras
crearon una mitología. Hoy, Bahía se parece a la Bahía de Jorge Amado como
si el autor hubiera creado su mundo cuando, en realidad, lo que hizo es
penetrar en él, integrarse en sus héroes cotidianos, vivir con ellos el
humor, la ternura, la gracia y la desesperanza. Jorge Amado se convierte así
en un personaje de Jorge Amado. Él mismo era generoso, melancólico y de una
profunda nobleza que le venía de su raíz labriega y de su concienciación
política.
Cuando, vuelta al Brasil la democracia, fue recibido como un héroe, cubierto
de honores, condecorado con todas las cruces imaginables, alguna incluso
inventada para él, cuando entró en la Academia y era el personaje más
querido y más popular del Brasil, a la altura de los cantantes y los héroes
futbolísticos, prefirió seguir en su mundo, en Bahía.
Hoy, cuando recorremos las playas o los callejones de la ciudad alta o las
plazas barrocas, vemos pasar a los personajes de Jorge Amado, vemos a Doña
Flor con el problema nada dramático de vivir con dos maridos, uno de ellos
un fantasma. Vemos al comandante Vasco Moscoso de Aragón, capitán de altura,
soñando con islas pobladas de mulatas, navegando mares que nunca existieron,
inventando historias que nunca sabremos hasta qué punto fueron verdad.
La oralidad es un elemento central de la obra de Jorge Amado. Sus relatos
conservan sobre el papel la gracia casi espontánea de la narración oral, una
especial complicidad con el lector, como si quien escribe estuviera hablando
ante un corro de oyentes.
Hace unos años, quizá dos o tres, en el caos inmenso en que se había
convertido la obra de Jorge Amado, cientos de ediciones de alguno de sus
libros, sin corregir jamás y cubiertas de erratas, se introdujo un principio
de depuración: por el cuidado minucioso de Paloma Jorge Amado, hija del
autor, que corrigió los textos y preparó una edición definitiva, no una
edición crítica porque faltan los originales y no se señalan las variantes.
Una editora portuguesa, Publicaçoes Don Quixote, lanza en volúmenes de 700
páginas la obra completa de Jorge Amado. Han aparecido seis volúmenes, y
cuando se complete la edición, quizá 30 volúmenes más, este conjunto será al
mismo tiempo el testimonio de la vida de un hombre, de una época, de una
ciudad, de un país. Y el testimonio de una ilusión que fracasó. Si un gran
escritor tiene siempre un mundo propio y un lenguaje propio para expresarlo,
Amado como Faulkner, como Rulfo, creó mundos, creó lenguaje.
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